Dos titiriteras abren una caja de muñecas que en realidad es un baúl de los recuerdos. Arranca el cuento. España, mil novecientos treinta y tantos. Ameniza el espectáculo la Banda de Música del Pueblo (de cualquier pueblo). Entre el puesto de churros y la caseta del anís comparece la procesión, el desfile, la comparsa. Pero se trata de un desfile dantesco de muñecas rapadas. La obra, sin duda, parece un esperpento. Pero de Valle-Inclán no es. Melón pelado propone un viaje iniciático hacia lugares de la historia no escrita ni contada, ni mucho menos fotografiada, para reflexionar sobre el propio hecho de la memoria de lo encontrado.
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